LIBROS DE APOYO

 

cuaderno 1

Libro: “Señas y señaleros de la Madre Tierra; agronomía andina”.
Autor: Juan van Kessel y Porfirio Enríquez Salas
Editorial: Abya Yala, Quito, Ecuador, e IECTA, Iquique, Chile
Pp. 307

A primera vista parecerá incomprensible y causará confusión el hecho que un catedrático de ultramar presente un estudio tan latino, tan peruano, o mejor dicho: tan indígena (en el sentido más positivo de la palabra) como es el caso de este libro. Nada pareciera tan distante, tan infinitamente diferente de Urqhurarapampa, que Europa; y Holanda parece estar más lejana todavía, casi en todo sentido.

Tengo el privilegio de haber estado algunos años en el Perú: trabajando, viviendo, riendo. Me he asombrado. Me he encolerizado. He querido a la gente, sus palabras, sus planes, sus hazañas. Y muchas veces, precisamente por aquel complejísimo Perú, me he puesto triste: unas veces a solas, otras junto con mis amigos. ¡Pobre país! ¿Por qué estás tan abandonado de Dios? ¿Cómo es posible que después de 400 años de ”civilización y cristianismo” no se produzca en agricultura ni siquiera la mitad de lo que se producía entonces? ¿Cómo es posible que el Perú desconozca a sus mejores hijos; gente que el país necesita, ahora más que nunca? ¿Por qué se pisa su verdadera riqueza invocando el ídolo Capital? ¿Por qué están casi olvidados los poemas de mi compadre Ruffo Cárcamo, de Piura? ¿Por qué se pasó de largo la poesía con que la comunidad San Juan de Catacaos modelaba los campos, los pueblos, los canales y las Unidades Comunales de Producción? ¿Por qué fue borrada la historia de los Luchadores del 2 de Enero? Habría que hacerse preguntas similares referente a los otros países andinos: Bolivia, Ecuador...

Mis años peruanos no son el motivo para escribir esta presentación. Juan van Kessel y Porfirio Enríquez Salas escribieron un libro espléndido y sin parangón.. Un libro cuyo significado alcanza infinitamente más lejos que la comunidad de Urqhurarapampa, comunidad profundamente escondida en la Cordillera de los Andes.

Algo sé de la práctica agrícola en la Cordillera, especialmente del cultivo de la papa y la correspondientes mejora de las diferentes razas. He tenido la suerte que hombres y mujeres de la Alta Cordillera me conversaran horas y horas de sus papas y que me permitieran trabajar con ellos en su chacra. Posteriormente escribí unos artículos sobre sus cultivos, pero no soy experto, ni mucho menos. A lo más he sido un aprendiz de los verdaderos expertos, aquellas personas que durante toda su vida trabajan en aquella asombrosa ecología de la Cordillera; que llevan en sí el saber y la experiencia de muchas generaciones y que son los únicos en saber “leer” y entender sus señas.

Este saber, esta experiencia, esta capacidad de entender ese mundo impresionante y trabajarlo adecuadamente constituyen, en su conjunto, una riqueza incalculable. Y también un arte, en el sentido clásico de la palabra. Un art de la localité como diría Mendras, un colega francés. Constituye una riqueza inestimable, pero también una riqueza misteriosa y escondida. Una riqueza que muchos no quieren, o no pueden, ver. Es el mérito de Juan van Kessel y Porfirio Enríquez Salas que hayan hecho esta riqueza, sin profanarla, más comprensible, más accesible y más visible. Con esto, elevaron un monumento para los campesinos andinos.

Realmente, su libro es aquel monumento. Es un estudio que me colma de profunda admiración y de gran respeto, tal vez también porque creo saber cuál ha sido la inagotable paciencia, cuál la tenaz perseverancia y cuál el afecto por los otros y lo otro, que fueron necesarios para poder hacer este libro.

Sin embargo, un monumento recién es lo que pretende ser, cuando se lo considera de hecho como monumento. De ahí que deseo decir algo sobre la relevancia de este estudio. Es que su relevancia alcanza mucho más allá de la Cordillera, del Perú y de los países andinos. En este aspecto podría ser una ventaja el hecho que soy forastero de muy lejos. Soy holandés. Es más, soy frisón, e indígena en mi propia tierra. Frisonia es una de las provincias septentrionales de Holanda. Tenemos nuestro propio idioma (en un principio, cuando iba a la escuela básica donde holandés era el idioma obligatorio, no comprenía nada de lo que decían), tenemos nuestros propios vacunos y caballares, nuestros propios deportes y juegos, nuestra propia cultura y nuestros propios secretos. Los demás nos ven de una manera especial: encuentran que los frisones son porfiados, tercos. Encuentran que somos buenos para el trabajo duro, pero que no disponemos de una excesiva inteligencia. Bueno, ¡ sea lo que sea! Pero de todas maneras somos orgullosos de ser frisones. Muchas veces he tratado de explicarlo, antes en el Perú y en Colombia, y posteriormente en países africanos como Guinea Bissau y Mozambique, y muy recientemente todavía en Chiapas, Méjico. Pero cada vez que yo decía que soy un indiogena di mi tierra, la gente se ríe, una sonrisa algo incómoda. No me creen. Es más: más de una vez sentía cierta aversión. Era como si pensaran: ¡Vamos! Los indígenas están aquí. Son parte de nuestro problema, de nuestro subdesarrollo. No puede ser que existan también indígenas al otro lado del océano.

La misma incapacidad que hace que muchos no puedan reconocer, ni apreciar, ni apoyar el monumento de gran prestancia de la agricultura altoandina, esa misma incapacidad prohibe también a un sinnúmero de gentes reconocer que el mundo esté formado por una miríada de etnias. En todas partes encontramos indígenas.O tal vez debo decir: Solo existen indígenas El problema es que algunos lo niegan no más con respecto a sí mismos, para luego apuntar a algunos otros en un sentido negativo como indígenas.

Soy indígena en mi tierra, indígena de Frisonia. Al mismo tiempo soy holandés y europeo. Y precisamente por serlo, soy también testigo de la terrible destrucción de nuesto propio art de la localité. En un período de menos de 50 años ha disminuido en extremo la capacidad de entender las señas de nuestros ecosistemas locales y regionales, los sonidos y los movimientos de nuestro mundo. El precio de ello es - así nos damos cuenta ahora - gigantesco. Tenemos que construir nuevamente durabilidad en nuestros sistemas agrarios de Europa, nuevamente calibrar el equilibrio entre naturaleza y sociedad. Pero las piedras necesarias para ello (Conocimiento, Sensibilidad, Respeto, Comprensión y Paciencia) se han perdido en gran parte. Tenemos que amasar el pan con manos que ya no saben sentir, mirar con ojos que ya no ven bien, trabajar con suelos que hemos arruinado y con animales que hemos hecho extremadamente vulnerables. Estamos buscando coherencias con la ayuda de cerebros entrenados en lo opuesto: en reduccionismo. Estamos desorientados. “Antaño todas las cosas tenían nombre, los campos, los animales, la gente, el agua, las granjas - pero ahora todo es anónimo”, así escribe Hylke Speerstra en una novela reciente sobre nuestra agricultura frisona. Hemos desaprendido el escuchar y el entender, pero nos estamos esforzando por recuperarlo nuevamente. Es cuestión de caer y levantarse. Resbalamos continuamente y caemos más hondo de lo que jamás sería posible caer en la Cordillera.

Soy ingeniero agrónomo. Un agrónomo que continuamente resbala pero uno que a pesar de todo trata de avanzar. Es una cruel ironía que lo que antaño fue hecho tan invisible como el jinete de Manuel Scorza - la agricultura andina - ahora resulta ser una brújula absolutamente indispensable para la re-ecologización la re-regionalización y la re-humanización de nuestros sistemas agrícolas en Europa.

Estudios como los de Juan van Kessel y Porfirio Enríquez Salas son sumamente relevantes, si no indispensables, en la nueva agronomía social que queremos construir. Son andamios solidos, hechos de materiales que han desaparecido de Europa, desde que fueron destruidos en un período de orgullo y arrogancia. En los últimos años fueron defendidas en mi universidad gran número de tesis de doctorado que - una tras otra - trataban de la búsqueda de lo espiritual, por las coherencias, por las señas de un mundo mejor y una agricultura más hermosa. Búsqueda de un krease lânbou, tal como lo decimos en idioma frisón - que es un concepto que, igual que muchas palabras quechua y aimara, apenas son traducibles. Algumos idiomas se volvieron, en ciertos aspectos, mudos, sin-palabras, precisamente allí donde se trata de las cosas esenciales de la vida. Es tarea también de nosotros, los investigadores en agrotecnología, enriquecer nuevamente nuestros lenguajes y con ello nuestras vidas. En ese aspecto encuentro que el término usado en este libro - “criar la vida en la chacra”-es una de las expresiones más hermosas que he encontrado en los últimos tiempos. Son palabras que se dejan saborear continuamente;’ palabras que desarrollan y regocijan el sabor.

En la ya creciente serie de semejantes estudios la obra de Juan van Kessel y Porfirio Enríquez Salas constituye en mi modesta opinión una cumbre absoluta. Estoy cierto que inspirará a gran número de colegas, investigadores y agricultores de Europa.

Me temo que esta preciosa obra podría ser poco notada y hasta ignorada en los países andinos que sabemos pueden ser duros, insensibles y crueles para con sus propios hijos.

Sería una de las más sentidas equivocaciones que se pueden cometer. Una obra tan relevante, tan inspiradora, debe ser mimada también en la cuna donde nació, y precisamente en esa cuna.

Esperemos que sea así y que las horribles y asimétricas relaciones tan características de nuestro mundo no se repitan nuevamente aquí.

 

Jan Douwe van der Ploeg
Catedrático de Sociología Rural
Universidad de Wageningen

 

 

 cuaderno 1

 

Libro: “Criar la Vida, trabajo y tecnología en el mundo andino”.
Autor: Juan van Kessel y Dionisio Condori Cruz
IECTA, Iquique, Chile
Pp. 248

Cuando la crisis ecológica cuestiona los contenidos y formas actuales del trabajo –ese proceso de intercambio vital entre los hombres y la naturaleza, que los cambia a ambos–Criar la Vida nos traslada a un mundo muy distinto pero tan real como el nuestro, en que los hombres reunidos en comunidad y formando un pueblo integrado por una cultura sorprendente, trabajan con cariño y respeto la tierra, no para dominarla y transformarla mecánicamente según proyectos empresariales, sinopara hacerla parir aquellos bienes necesa- rios que están ya contenidos en su seno maternal.
El presente estudio sobre el trabajo y la tecnología en el mundo andino y en los pueblos aymaras, realizado combinando el rigor racional de la ciencia con el compromiso del que ha inmerso su vida en la experiencia de un pueblo que ama y quiere rescatar en sus propios valores y cultura, nos abre una ventana desde la que, observando el presente de un pueblo que vive mirando al pasado, nos lleva a pensar con preocupación y soñar con esperanza el futuro del hombre.