Revista electrónica, ISSN 0718-3658
Diciembrede 2023, Año XVI - Nº 58

Revista electrónica, ISSN 0718-3658
Diciembre de 2023, Año XVI - Nº 58

LIBROS NUEVOS

Por el compromiso con nuestros lectores, en la Biblioteca de Antropología Andina (BAA) – IECTA, estamos actualizando constantemente la bibliografía con el objetivo de ofrecer un mejor servicio a los estudiantes, docentes, investigadores y público en general. Para lo cual presentamos algunas de las obras que tratan sobre temas del mundo andino: 

 

GEOGRAFÍAS ANDINAS DEL TAMARUGAL

Editores:
Alberto Díaz Araya,
Juan Carlos Araya Gonzales,
Álvaro Espinoza Collao

CONADI – UTA
2020
Pág. 120

PRÓLOGO

La Universidad de Tarapacá ha mantenido un firme compromiso, sostenido en el tiempo, con los territorios de la macrorregión Centro Sur andina. Altiplano, precordillera, pampa y costa son los escenarios donde se ha ido desarrollando gran parte del conocimiento –humanístico y científico– de calidad, que otorga identidad y da el sello local a nuestra institución educativa. Por esta razón estamos orgullosos de presentar Geografías Andinas del Tamarugal, libro que representa el epítome de varias investigaciones transdisciplinarias realizadas por profesionales de nuestra casa de estudios en convenio con CONADI y que confirma, una vez más, nuestra misión como centro de educación superior intercultural.

En este sentido, el presente volumen ofrece un registro de imágenes y antecedentes etnohistóricos, sin perder de vista el filtro de la cosmovisión y memoria oral de los pueblos indígenas locales. Para lograrlo, se realizó un largo trabajo en conjunto con comunidades aymaras y quechuas del Tamarugal, siempre bajo los valores de la inclusión, el respeto y la promoción de la diversidad cultural, que son también los pilares del Modelo Educativo Institucional de la UTA.

En esa línea, el aporte de este libro es fundamental, ya que permite difundir conocimientos desde una primera fuente de información, a la vez que contribuye al reconocimiento de los derechos de los pueblos originarios mediante el soporte de una institución universitaria.

Finalmente, no queda más que dar las gracias a todas y todos aquellos quienes participaron, de una u otra forma, en esta publicación. Sobre todo, a las comunidades que abrieron las puertas de sus casas para relatarnos las historias de sus abuelos y abuelas. A ellos dedicamos estas páginas.

Dr. Emilio Rodríguez Ponce
Rector Universidad de Tarapacá
Arica, diciembre 2020

DE LA CORDILLERA AL MAR
Paisajes de Arica y Parinacota

Editor: Alberto Díaz Araya 
Ediciones Universidad de Tarapacá 
2021
Pág. 199

PRESENTACIÓN

La Región de Arica y Parinacota cuenta con un patrimonio natural y cultural único, manifiesto en los magníficos paisajes del altiplano, precordillera, valles, desiertos y costas regionales. Durante cuatro décadas, la Universidad de Tarapacá ha asumido el liderazgo de la puesta en valor de la riqueza de la región, realizando un trabajo de investigación, rescate, conservación y divulgación patrimonial territorial. Un ejemplo de este trabajo es la reciente incorporación de los asentamientos y momificación artificial de la cultura Chinchorro en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, como resultado de una tarea encabezada por académicos e investigadores de nuestra casa de estudios, quienes han relevado la singularidad de una cultura que se distingue por ser la primera en la humanidad en emplear técnicas de momificación artificial.

En ese contexto, el libro “De la cordillera al mar” nace con el propósito de poner en común parte de los distintos saberes locales que como Universidad hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestro trayecto y que nos muestra como una entidad educativa comprometida con el estudio de su territorio. Este libro contiene un registro de imágenes y antecedentes etnohistóricos seleccionados que, inmersos en las tradiciones de los pueblos originarios, afrodescendientes y las características transfronterizas de la región, conforma un relato que mira hacia el futuro.

De este modo, esperamos que este volumen no solo contribuya en la difusión de conocimientos, sino también los enriquezca desde la perspectiva de la inclusión y la promoción de la diversidad cultural, pilares esenciales para el modelo educativo de la Universidad de Tarapacá. Asimismo, la presente publicación es una invitación a un viaje por la flora y la fauna; el día y la noche; la tradición y la modernidad de Arica y Parinacota: un recorrido por cientos de kilómetros, miles de años e innumerables horas de investigación.

Finalmente, no queda más que dar las gracias a todas y todos aquellos que formaron parte de este libro. A los profesores, investigadores y académicos, que han trabajado en el rescate de rutas arqueológicas, de la historia local o en la conservación de la flora y la fauna. A los estudiantes, que han puesto su dedicación al estudio de temáticas del norte chileno. Y, sobre todo agradecemos a las comunidades de los paisajes nortinos por compartir relatos y profundos momentos. A todos ellos dedicamos estas páginas.

Dr. Emilio Rodríguez Ponce
Rector Universidad de Tarapacá
Noviembre, 2021

LA INVENCIÓN DE TARAPACÁ

Juan Podestá Arzubiaga 
Ediciones El Jote Errante 
2022 (2da. Edición)
Pág. 210

INTRODUCCIÓN

Este libro trata de Tarapacá, región situada en el extremo norte de Chile, limítrofe con Perú y Bolivia, y la que, sostengo, fue inventada por el Estado chileno luego de su victoria sobres estos países en la Guerra del Pacífico. El resultado de este enfrentamiento bélico, desencadenado entre 1879 y 1883, significó la ocupación definitiva de los territorios peruanos de Arica e Iquique y los de Antofagasta, Calama y Tocopilla correspondientes a Bolivia. Desde entonces, el Estado ha desarrollado diversas estrategias y aplicado numerosas políticas para integrar esta zona a la soberanía nacional. El proceso aún está en marcha y ello nos permite afirmar que la invención de la región representa todavía un proyecto inconcluso.

Tarapacá está situada en el desierto de Atacama, una de las zonas más áridas del mundo y en donde, al momento de la guerra, se explotaban importantes riquezas naturales, en especial, salitre y guano. Estaba habitada por un reducido número de indígenas aymaras y quechuas, junto a una escasa cantidad de trabajadores peruanos, bolivianos, asiáticos, africanos y chilenos, población insuficiente para que existiese un sustento humano necesario para crear un Estado, nación, nacionalidad o país. A partir de 1879 y hasta nuestros días, es decir, durante los últimos 141 años, Chile ha construido en este territorio una sociedad con historia, normativa jurídica, simbología, tradición y efemérides, pero también un conjunto de dispositivos de protección que inhiben su desarrollo comercial y productivo. A lo largo de la historia, sus habitantes, debido a múltiples vínculos familiares o culturales, al fluido tránsito entre las fronteras, así como a lazos económicos, educacionales y recreacionales, aún construyen su identidad cultural, sintiéndose chilenos, pero también habitantes de un “región fronteriza”, tema que le confiere gran particularidad y que se desarrollará en el presente trabajo.

Las reflexiones contenidas en este libro son el resultado de diversas experiencias acaecidas durante más de dos décadas, en las que se mezclan la militancia política y la labor de activista en organizaciones no gubernamentales con el rol de tecnócrata gubernamental complementado con la docencia universitaria. Todas marcan un ciclo de formación personal y de ellas se extraen conclusiones y verdades, no exentas de dudas e incertidumbres como de molestias e insatisfacciones.

La instalación del gobierno de la Unidad popular definió a una importante generación de dirigentes universitarios que, inspirados en la figura de Salvador Allende, nos congregamos un proyecto que buscaba construir una sociedad mejor. De ese tiempo surgen variadas lecciones: la primera resalta la importancia del trabajo colectivo y de la participación organizada, seria y responsable en las actividades sociales y políticas. La segunda constata las dificultades que enfrentan los cambios en el estado de las cosas y hechos existentes. Las discusiones juveniles acerca de las tesis sobre el “carácter hegemónico, autoritario, represivo y anquilosado del Estado burgués”, elaboradas por Nikos Poulantzas (1970), fueron absolutamente corroboradas con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973.

Finalizado el ciclo estudiantil, decidimos ingresar al mundo laboral, a través del intenso trabajo que durante casi diez años realizamos con las comunidades aimaras asentadas en la zona altoandina cercana a la frontera con Bolivia. La investigación-acción en estas localidades se constituyó en la nueva utopía y los conceptos de marginalidad, etnos, etnocidio, identidad cultual, pluriculturalidad, paradigma y desarrollo alternativo, fueron la base de un marco teórico en constante discusión y mejoramiento. Nuestras lecturas privilegiaron a John Murra, Orlando Fals Borda, Juan van Kessel, Tom Zuidema, Gerrit Huizer y Vera Gianotten, entre otros muchos. Ellos reemplazaron los textos de André Gunder Frank, Enzo Faletto, Fernando Henrique Cardoso, Aníbal Quijano y Pablo González Casanova y, consecuentemente, a todos los otros hijos del desarrollismo y de la teoría de la dependencia.

A mediados de la década de los 80, estábamos fuertemente motivados por la revolución sandinista en Nicaragua, proceso que debía resolver la situación de los miskitos, una de las minorías étnicas de ese país. El ciclo de trabajo con las comunidades aymaras permitió entender la importancia de la relación entre la cultura dominante y dominada, así como los efectos y consecuencias de cualquier tipo de invasión cultural, expresada en la destrucción de la propia o la imposición de un estilo de desarrollo exógeno.

La labor con los aymaras fue el primer intento por desarrollar lo que Nathan Wachtel (1973) denominó “la visión de los vencidos”, es decir, razonar con una lógica y categorías distintas a las acostumbradas, pensando desde abajo, por la periferia o lo excéntrico, tratando incluso de pensar como el otro. Reflexionar sobre lo aymara planteó el desafío de trabajar con una cultura radicalmente distinta a la occidental, obstáculo que fue necesario superar, siendo la principal herencia de ese período el entender nuestro carácter de habitante del extremo norte del país. Así surge la necesidad de analizar los fenómenos desde una posición distinta a la existente en el centro dominante.

El avance en el conocimiento de la temática andina desarrolló las primeras críticas a los estilos de trabajo que circulaban en la región, principalmente, se adujo que el gran error teórico y metodológico era desvincular lo aymara de las condiciones políticas nacionales. En aquella época, y a través de la labor investigativa en la organización no gubernamental CIREN / CREAR, se planteó que no bastaba con establecer la relación entre autoritarismo militar y erosión cultural andina. Sosteníamos que la relación entre ambas esferas debía ser contextualizada en la dimensión histórica y que la orientación de las políticas públicas y la acción estatal no sólo tenían que ver con una cultura dominante, sino también con el carácter de región conquistada que poseía Tarapacá y, en particular, de las influencias geopolíticas que caracterizan el pensamiento militar.

El tema primordial en Chile estaba centrado en la existencia de la dictadura y entre 1983-1984 comenzó a surgir en el país una nueva dinámica en respuesta al régimen de Pinochet. En la calle todos hablaban de política, evidenciando que se estaba perdiendo el miedo, al mismo tiempo que aparecían las primeras declaraciones públicas y estudios con visiones muy diferentes a las oficiales. A partir de 1985 comenzamos un nuevo ciclo en nuestra experiencia personal. Desde el ámbito de las ONGs emergió una corriente de trabajo orientada a colaborar con la lucha para recuperar la democracia. Era importante constituir equipos técnicos cuyo objetivo fuese, ante la eventualidad de un gobierno democrático, conocer prioridades, desafíos y obstáculos a resolver. Fue un fructífero trabajo que desarrollamos con una gran cantidad de personas con mucha mística, pasión y entusiasmo. El resultado de aquella tarea nos permitió conocer la región desde el punto de vista territorial, geográfico, económico, político y cultural, ya que no sólo era necesario saber cómo recuperar la democracia, sino que, además, urgía asegurar que ésta funcionara como corresponde.

Este periodo también facilitó la constatación de los desequilibrios territoriales, la deuda social y las formas cómo se administra la institucionalidad del Estado, siendo importante, además el estudio de los mecanismos de distribución del poder y, especialmente, la forma en que circulan los flujos de información, de distribución de recursos financieros y la toma de decisiones.

En este contexto, muchos profesionales que trabajaron en el mundo de las organizaciones no gubernamentales formaron parte de la masa crítica que, desde la sociedad civil, acudió a cumplir funciones políticas y/o técnicas en el Estado una vez que asumió el nuevo régimen democrático, contándome entre ellos.

Trabajar en el Estado marca tanto las experiencias racionales como las afectivas y, al mismo tiempo, permite adquirir otras visiones, como, igualmente, los fenómenos cotidianos se aprecian de manera distinta y hay otro tipo de actitud para analizar los problemas sociales, políticos y económicos. Además, confiere otra óptica de la dinámica de la cotidianeidad de las cosas, ya que desde el Estado se percibe con mayor claridad el quehacer de la sociedad civil y también se aprende a actuar con prejuicios absolutos y juicios relativos. Todo se mira desde arriba y sin incertidumbre, con el lente de la conveniencia política, tecnocrática, incluso, personal. Obviamente, es la mirada desde el poder.

Desde el punto de vista técnico y político, haber trabajado en los ministerios de Economía y de Planificación deja valiosas experiencias como, por ejemplo, entender que la mirada desde el Estado no es la única y que tampoco en ésta radica, necesariamente, la verdad. En segundo lugar, se aprecia que la visión desde el Estado tiende a fosilizarse, ya que la rutinización de las tareas, la jerarquía en el mando, la compartimentación de funciones y el manto protector que cubre su autoridad, hacen perder el sentido crítico y la percepción aguda que se tiene en el mundo externo. Por último, se puede concluir que ejercer una función pública, cualquiera sea el cargo desempeñado, tiene como fin servir a la sociedad y quien realiza tal tarea no está allí en representación personal sino para ayudar a los demás. Esta aseveración tan obvia es uno de los dramas de quienes asumen, en algún momento, el ejercicio público. Trabajar en el aparato estatal despierta el placer de la erótica del poder o, como dice el historiador peruano Hugo Neira (1997), en el Estado las personas desarrollan una profunda libidus dominandis, y que todo aquél que la padece quisiera que nunca acabara. En mi experiencia nunca desvinculé el trabajo de campo con la reflexión académica. Desde marzo de 1990, con el retorno a la vida democrática, pude ejercer la docencia sistemática y de nivel superior como docente de la carrera de Sociología, en el departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Artura Prat de Iquique, impartiendo las cátedras de Estado-Región, Sociología del Desarrollo y Planificación.

LAS ESTRUCTURAS ELEMENTALES DE LA VIOLENCIA
Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos

Rita Laura Segato
Prometeo Libros / LOM ediciones
Santiago de Chile
2020
Pág. 257

INTRODUCCIÓN 

Los nueve ensayos aquí reunidos analizan aspectos diferentes de la estructura patriarcal que conocemos como “relaciones de género” y apuntan a un modelo de comprensión de la violencia. De toda violencia. Aun admitiendo que se trata de un proyecto osado, no desisto de someterlo al juicio del lector, pues las tesis que le dan unidad, y que acabo recogiendo sintéticamente en el capítulo final, son el resultado de cerca de dos décadas de elaboración y exposición, sobre todo frente a la siempre atenta e inteligente audiencia estudiantil en mis clases de la Universidad de Brasilia.

La obra avanza a través de los siguientes pasos. En el capítulo 1.- “La estructura de género y el mandato de violación”-, analizo las dinámicas psíquicas, sociales y culturales que se encuentran por detrás de la violación y sobre las cuales ésta, abordada como un enunciado, da testimonio. En la perspectiva que defiendo, ese acto -que no todas las sociedades contemporáneas ni todas las épocas de nuestra historia perciben o percibieron como un crimen- no es sencillamente una consecuencia de patologías individuales ni, en el otro extremo, un resultado automático de la dominación masculina ejercida por los hombres, sino un mandato. La idea de mandato hace referencia aquí al imperativo y a la condición necesaria para la reproducción del género como estructura de relaciones entre posiciones marcadas por un diferencial jerárquico e instancia paradigmática de todos los otros órdenes de estatus -racial, de clase, entre naciones o regiones-. Esto quiere decir que la violación, como exacción forzada y naturalizada de un tributo sexual, juega un papel necesario en la reproducción de la economía simbólica del poder cuya marca es el género -o la edad u otros sustitutos del género en condiciones que así lo inducen, como, por ejemplo, en instituciones totales-. Se trata de un acto necesario en los ciclos regulares de restauración de ese poder.

Esta tesis surgió inicialmente de una escucha prolongada de testimonios de presos por este tipo de crimen y del análisis de la mentalidad de ellos a partir de su discurso. También pasa revista a las prácticas de violación en épocas históricas y culturas diferentes, para concluir que existe un núcleo duro de sentido de prolongada vigencia, atribuible al larguísimo tiempo de la historia del género, que se confunde con la historia de la propia especie.

El análisis del dispositivo de la violación identifica dos ejes que serán fundamentales para la formulación de mis tesis finales, recogidas en el capítulo 9 -“Los principios de la violencia”-. Ellos son el eje vertical, de la relación del violador con su víctima -en general hipervalorizado tanto en los análisis precedentes como en los programas preventivos-, y el eje horizontal -mucho más relevante en mi análisis- de la relación del violador con sus pares -sus semejantes y socios en la fraternidad representada por los hombres, en el orden de estatus que es el género-. La condición de iguales que hace posible las relaciones de competición y alianza entre pares resulta de su demostrada capacidad de dominación sobre aquellos que ocupan la posición débil de la relación de estatus, y es esto lo que me sugirió la utilización para el título de la obra de la noción lévi-straussiana de “estructuras elementales”, que reciclo aquí, no sin tomarme todas las libertades que consideré necesarias.

En el capítulo 2.- “El género en la antropología y más allá de ella”-, argumento que es necesario diferenciar el juego de las identidades del cristal de estatus que las constela y organiza. En otras palabras, que es necesario escudriñar a través de las representaciones, las ideologías, los discursos acuñados por las culturas y las prácticas de género para acceder a la economía simbólica que instala el régimen jerárquico y lo reproduce. El patriarcado, nombre que recibe el orden de estatus en el caso del género, es, por lo tanto, una estructura de relaciones entre posiciones jerárquicamente ordenadas que tiene consecuencias en el nivel observable, etnografiable, pero que no se confunde con ese nivel fáctico, ni las consecuencias son lineales, causalmente determinadas o siempre previsibles. Aunque los significantes con que se revisten esas posiciones estructurales en la vida social son variables, y la fuerza conservadora del lenguaje hace que los confundamos con las posiciones de la estructura que representan (fenómeno que, en inglés, las autoras denominan conflation), el análisis debe exhibir la diferencia y mostrar la movilidad de los significantes en relación con el plano estable de la estructura que los organiza y les da sentido y valor relativo.

El patriarcado es entendido, así, como perteneciendo al estrato simbólico y, en lenguaje psicoanalítico, como la estructura inconsciente que conduce los afectos y distribuye valores entre los personajes del escenario social. La posición del patriarca es, por lo tanto, una posición en el campo simbólico, que se transpone en significantes variables en el curso de las interacciones sociales. Por esta razón, el patriarcado es al mismo tiempo norma y proyecto de autorreprodución y, como tal, su plan emerge de un escrutinio, de una “escucha” etnográfica demorada y sensible a las relaciones de poder y su, a veces, inmensamente sutil expresión discursiva.

Es posible, de esta forma, separar el nivel del patriarcado simbólico, el nivel de los discursos o representaciones -la ideología de género vigente en una determinada sociedad- y el nivel de las prácticas. Y lo que se comprueba es que la fluidez, los tránsitos, las circulaciones, las ambivalencias y las formas de vivencia de género que resisten a ser encuadradas en la matriz heterosexual hegemónica están y siempre estuvieron presentes en todos los contextos como parte de la interacción social y sexual. Sin embargo, el control del patriarcado y su coacción se ejercen como censura en el ámbito de la simbolización de esa fluidez -el ámbito discursivo-, en el cual los significantes son disciplinados y organizados por categorías que corresponden al régimen simbólico patriarcal. El discurso cultural sobre el género restringe, limita, encuadra las prácticas. Y, de hecho, este ensayo intenta mostrar que, comparado con otros ejemplos etnográficos, la construcción occidental del género es una de las menos creativas, una de las menos sofisticadas, pues enyesa la sexualidad, la personalidad y los papeles sociales en el dimorfismo antómico de manera mucho más esquemática que otras culturas no occidentales.

Para llegar a estos postulados, el texto aborda la ideología de género y los impasses y paradojas del pensamiento feminista y hace, también, una crítica de cierto tipo de “observación” etnográfica común en la práctica de los antropólogos. Argumenta que una observación simple, de corte puramente etnográfico, no alcanza para revelar la naturaleza jerárquica y la estructura de poder subyacente e inherente a las relaciones de género, que no son ni cuerpos de hombres ni cuerpos de mujeres, sino posiciones en relación jerárquicamente dispuestas. La trama de los afectos e investimentos libidinales sustentada por esa jerarquía no es de fácil observación ni se revela a la mirada objetivadora de los etnógrafos. El patriarcado es, así, no solamente la organización de los estatus relativos de los miembros del grupo familiar de todas las culturas y de todas las épocas documentadas, sino la propia organización del campo simbólico en esta larga prehistoria de la humanidad de la cual nuestro tiempo todavía forma parte. Una estructura que fija y retiene los símbolos por detrás de la inmensa variedad de los tipos de organización familiar y de uniones conyugales.

Basándose en evidencia etnográfica de una cultura particular, este ensayo propone una salida para la trampa estática y ahistórica del estructuralismo -lacaniano o lévi-straussiano- para las relaciones de género y el bastidor simbólico que parece dominarlas. La solución que postula es que estas posiciones relativas, al liberarse paulatinamente -a través de las luchas históricas del movimiento social y de los cambios en las prácticas sociales y sexuales- de su fijación ideológica en el dimorfismo anatómico serán cada vez más percibidas como lugares de pasaje, abiertas al tránsito de los sujetos. Pero para que esto resulte en una transformación efectiva del mundo, será importantísimo hacer proliferar formas de simbolización para la realidad de estos tránsitos y de esta circulación, inscribirlos en el patrón discursivo de la cultura. Cuanto más énfasis pongamos en los significantes expresivos del tránsito y de la movilidad de género, más próximos estaremos de un mundo capaz de trascender la prehistoria patriarcal. Posiblemente esto también traiga aparejadas soluciones para la violencia inherente a la reproducción de todos los regímenes marcados por el estatus.

El capítulo 3.- “La célula violenta que Lacan no vio: un diálogo (tenso) entre la antropología y el psicoanálisis”-, trata de las posibilidades y las imposibilidades del trabajo conjunto entre la antropología y el psicoanálisis, ofrece pautas para la colaboración posible entre ambas disciplinas y monta un diálogo entre los hallazgos etnográficos de Maurice Godelier y uno de los enunciados nucleares del edificio conceptual lacaniano. Los Baruya de Nueva Guinea, etnografiados por Godelier durante aproximadamente 30 años, nos ayudan a entender que la proposición lacaniana de que “la mujer es el falo mientras que el hombre tiene el falo” hace referencia a un acto de apropiación que, aunque instalado en la cultura de la especie a lo largo de una historia que se confunde con el tiempo filogenético, está lejos de ser pacífico, y que ese acto de apropiación es compelido a reproducirse por medios violentos regular y cotidianamente.

Propongo, también, en este ensayo, una “antropología del sujeto” -diferenciada de una antropología de la identidad, de la subjetividad o de la construcción de la persona, capítulos ya clásicos de la disciplina-, que sea capaz de utilizar el lente relativista para observar cómo posicionamientos, distancias y mutualidades entre interlocutores en el campo de la interacción social varían, por el hecho de resultar de la orientación moral de las diferentes culturas o épocas y de responder con alto grado de automatismo a lo que sus dispositivos tecnológicos y sus protocolos de etiqueta propician.

El tema encuentra continuación en el capítulo 6.- “La economía del deseo en el espacio virtual: hablando sobre religión por Internet”-, que expone, a partir del registro y el análisis de varios casos de interacción virtual sobre temas de credo religioso, el carácter omnipotente del sujeto contemporáneo usuario de Internet y su “telescopia”. Muestra cómo una relación que aparentemente reformula las relaciones de género y parece trascender el determinismo biológico, al hacer de cuenta que el cuerpo puede ser inventado discursivamente en el ambiente cibernético, da origen a un sentimiento de omnipotencia y multiplica la agresividad de los sujetos.

Utilizando conceptos psicoanalíticos, el argumento pretende mostrar que este “síntoma” contemporáneo resulta de la pretensión de los interlocutores del ciberespacio de dialogar como si el cuerpo no existiera. Se trata, por lo tanto, de un ejercicio de la antropología del sujeto propuesta anteriormente, en el capítulo 3, pues muestra la especificidad del sujeto contemporáneo occidental, afín a cierto tipo de tecnologías -tanto de comunicación como bélicas- que promueven o facilitan un posicionamiento tal de los sujetos que ellos pueden simular no sentir los límites impuestos por la materialidad de los cuerpos -propio y ajenos-. El cuerpo es entendido aquí como el primer otro, la primera experiencia del límite, la primera escena de la incompletud y de la falta. Cuando es forcluido -y esta forclusión es potencializada por un dispositivo tecnológico-, todas las otras formas de alteridad dejan de constituir el límite que el sujeto necesita para calificarse, literalmente, como un sujeto social. Estamos frente a una realidad regresiva, consecuencia de la fantasía narcisista de completud y de la negativa a reconocerse castrado, limitado por la materialidad, índice mismo de la finitud.

En el capítulo 4.- “La argamasa jerárquica: violencia moral, reproducción del mundo y la eficacia simbólica del Derecho”, la violencia moral -psicológica- es colocada en el centro de la escena de la reproducción del régimen de estatus, tanto en el caso del orden de género como en del orden racial. Se enfatiza aquí el carácter “normal” y “normativo” de este tipo de violencia y su necesidad en un mundo jerárquico. La violencia moral no es vista como un mecanismo espurio ni mucho menos dispensable o erradicable del orden de género -o de cualquier orden de estatus- sino como inherente y esencial. Por lo tanto, no se prioriza aquí -como es habitual en otros análisis- su carácter de primer momento en la escalada de la violencia doméstica, es decir, de paso previo a la violencia física, sino su papel como usina que recicla diariamente el orden de estatus y que, en condiciones “normales”, se basta para hacerlo.

Combatir esas formas rutinarias de violencia es posible, pero es imprescindible entender esa lucha como parte de un trabajo de desestabilización y de erosión del propio orden de estatus, y no como un paliativo -una simple corrección de los excesos de violencia- para que éste pueda seguir su marcha autorrestauradora. El objetivo es la construcción de una sociedad -por el momento y a falta de una perspectiva utópica más clara y convincente- postpatriarcal.

En toda la obra se afirma que la moral y la costumbre son indisociables de la dimensión violenta del régimen jerárquico. Si bien la esfera de la ley es concebida como regida por el orden del contrato, mientras la esfera de la costumbre es entendida como regida por el orden de estatus y, por lo tanto, en gran medida inmune a la presión del contrato jurídico moderno sobre ella, sin embargo, tanto éste como el capítulo siguiente -capítulo 5: “Las estructuras elementales de la violencia: contrato y status en la etiología de la violencia”- defienden la necesidad de legislar en derechos humanos. Esta posición se explica no tanto por la productividad del Derecho en el sentido de que orienta las sentencias de los jueces, sino por su capacidad de simbolizar los elementos de un proyecto de mundo, crear un sistema de nombres que permite constituir la ley como un campo en disputa, como una arena política. La eficiencia simbólica del Derecho es entendida como la eficiencia de un sistema de nominación que crea realidad y permite comprobar la naturaleza histórica, mutable, del mundo.

Es también en este capítulo, homónimo del título de la obra, donde aparece una primera síntesis de la tesis central, que hace residir en un procedimiento descripto como exacción del tributo de género la condición indispensable para el credenciamiento de los que aspiran al estatus masculino y esperan poder competir o aliarse entre sí, regidos por un sistema contractual.

Si me pareció ésta la ubicación adecuada para el capítulo 7 -“La invención de la naturaleza: familia, sexo y género en la tradición religiosa afrobrasileña”- dentro de la lógica de la obra, ello no significa que también lo sea en el orden cronológico de mi trayecto hacia la comprensión de los temas aquí tratados. Este ensayo etnográfico representa, de hecho, mi ingreso en el mundo de la reflexión sobre el género, y creo no exagerar cuando afirmo que toda mi posterior comprensión del tema fue posible porque tuve la oportunidad de abordarlo desde la perspectiva que adquirí durante mi prolongada inmersión en la tradición religiosa afrobrasileña de Recife, en el nordeste brasileño. El culto Xangô de Recife fue mi gran escuela de análisis de género, lo que me facilitó, más tarde, la lectura de la compleja producción intelectual de esta área de estudios y también la lectura de la perspectiva psicoanalítica lacaniana.

En ese texto describo, a partir de los datos obtenidos durante un extenso trabajo de campo, una sociedad andrógina, donde en verdad no tiene sentido hablar de heterosexualidad u homosexualidad ya que se trata de una visión del mundo que obedece a patrones de género distintos de los occidentales. Vinculo esta otra manera de “inventar la naturaleza”, radicalmente antiesencialista y antideterminista en lo biológico, con la experiencia de la esclavitud, que rompió el canon patriarcal africano y creó otro estatuto de la familia, de la descendencia, de la sexualidad, de la personalidad y de la división sexual del trabajo.

Fue, como dije, de la mano de los miembros del culto Xangô de Recife que inicié mi reflexión sobre género. A partir de esta tradición crítica, marginal, que con su práctica derivada de la experiencia de la esclavitud y con su condición inicial de ser otro pueblo, pueblo subalterno, en el interior de la nación, elaboró un conjunto de enunciados que operan, por medio de un discurso irónico y críptico, nada más y nada menos que la desconstrucción del horizonte patriarcal hegemónico en la sociedad circundante. A partir de esta iniciación desconstructiva e irónica a la ley del género, me resultó más sencillo atravesar con una mirada crítica los efectos del patriarcado simbólico en la interacción social. Es en el capítulo 8 -“Género, política e hibridismo en la transnacionalización de la cultura Yoruba”-, que lo aprendido en la etnografía del Xangô de Recife alcanza su sentido pleno. Este ensayo muestra cómo, a pesar de las desventajas y las privaciones impuestas por la esclavitud, la capacidad de la civilización diaspórica yoruba para difundirse e imponer sus sistemas de creencia y convivencia en sociedades distantes -como Cuba y el Brasil durante la colonia y, en una onda expansiva más reciente, los Estados Unidos y los países de la cuenca del Río de la Plata- está estrechamente vinculada con la maleabilidad, la androginia y la ausencia de determinismo biológico de su concepción de género. También muestra que la manera en que tres estudiosos distintos -una yoruba radicada en los Estados Unidos de Norteamérica, un estadounidense y la autora del texto, latinoamericana- formulan y ecuacionan las particularidades de los patrones de género yoruba depende estrechamente de sus intereses y de la inserción geopolítica de su tarea intelectual.

Tres interpretaciones diferentes de la construcción de género en la tradición yoruba son analizadas en cuanto discursos posicionados e interesados de los respectivos autores para exponer la economía política del discurso etnográfico. Sin embargo, se comprueba que los tres autores, a pesar de sus diferencias, apuntan de forma inconfundible para el carácter radicalmente antiesencialista de las concepciones de género en esa cultura, lo que parecería indicar que esa característica tan notable de la tradición en cuestión podría estar en la base de su capacidad de crecimiento y su adaptación en el Nuevo Mundo, tanto en el período postesclavitud como en el nuevo período de expansión que viven actualmente las religiones afrobrasileñas de origen yoruba. En el caso particular de la versión afrobrasileña, el uso híbrido de los términos propios de la familia patriarcal, como la posición del padre, de la madre, del hijo mayor y la desconstrucción de las ideas de conyugalidad, primogenitura, autoridad y herencia, acaba por desestabilizar la propia estructura y minar las bases de la matriz heterosexual propia del patriarcado. Es a través de un “mal uso”, de una “mala práctica” del patriarcado mitológicamente fundamentada, que los miembros del culto se ríen del orden de estatus, del Estado brasileño con su traición permanente a los afrodescendientes y del patriarcado simbólico cuyos mandatos son, en realidad, destinados al desacato. Es por medio de esta desestabilización y una corrosión irreverente que el orden cambia dentro del universo de las religiones afrobrasileñas.

Finalmente, dedico el capítulo 9 -“Los principios de la violencia”- a exponer de forma sintética las tesis centrales que atraviesan toda la obra. Éstas se refieren al papel de la violencia en la reproducción del orden de género y a la interdependencia entre violencia y género, para afirmar que la articulación violenta es paradigmática de la economía simbólica de todos los regímenes de estatus. También se indica, ejemplificando con el discurso híbrido, desestabilizador e irónico del códice religioso afrobrasileño, entendido como una forma efectiva de reflexividad, una posible salida de la humanidad en dirección a una época pospatriarcal.

EL BURRO QUE APRENDIÓ A LEER Y OTROS CUENTOS

Juan Álvarez Ticuna
Editorial Luciérnaga 
Arica – Parinacota
2023 (2da. Edición ampliada)
Pág. 63

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

El libro “El burro que aprendió a leer y otros cuentos” está ambientado en distintos paisajes de nuestro país y se inserta descriptivamente en sus culturas tradicionales y populares, con historias que son paradójicas ya con los títulos como: “Cómo un caracol cruzó la alameda” (vía principal de Santiago de Chile) o “El burro que aprendió a leer”, reinvindicando a este humilde animal que trajeron los europeos cono animal de carga, y que ha acompañado a los campesinos andinos en su extenuando trajinar. Todos son relatos modernos, no son recogidos de la tradición narrativa antigua. Sin embargo, en muchos se busca establecer la continuidad de lo que ha sido la tradición oral ancestral indígena, actualmente fraccionada, para seguir entregando valores y principios éticos a través de personajes animales o plantas, por lo que pueden ser muy bien considerados como metáforas de la sociedad humana.

Por tanto, el libro aporta a la educación en valores, que ya poco se aborda en las escuelas.

En la segunda edición de este libro, hemos incluido el relato moderno de una desventura del zorro, apelando a la crisis ética que afecta a la sociedad, sea nacional o andina, en que la búsqueda de poder desmesurado, adopta actitudes reñidas con la ética y el buen actuar ciudadano.

Como se ve, este personaje, no ha muerte en el imaginario indígena, al contrario, es posible encontrarlo haciendo fechorías en nuestros tiempos, haciéndonos caer en engaños, conflictos y confabulaciones. Y es posible encontrarlo en la comunidad, y también entre quienes administran un cargo público.

En “El zorro que quería ser alcalde”, el último relato de esta segunda edición, se manifiesta de forma concreta, el hábito desmedido de aprovechamiento personal por encima del servicio a la comunidad.

Habría que decir, como corolario de este prólogo, que algunos zorros, pese a esta advertencia, han llegado a ser alcaldes…

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