QUIENES SOMOS

El Instituto para el Estudio de la Cultura y Tecnología andina -IECTA-, CASA FRANCISCO TITU YUPANQUI, nació en 1992 como una fundación de identidad indígena andina, sin fines de lucro, para ofrecer a dirigentes, profesionales y técnicos de la comunidad panandina -tanto campesinos como residentes en la ciudad- una «casa» para el encuentro y la reflexión, así como para la planificación y la coordinación de procesos y proyectos de desarrollo endógeno, emancipatorio e integral.E

OBJETIVOS

Dados:

  • La historia de discriminación y subdesarrollo provocado por la explotación colonial y post-colonial,
  • la situación de crisis en que se encuentra la comunidad andina y las masas urbanas de migrantes andinos,
  • el impacto de un proceso de cambio social y cultural acelerado y extremadamente violento con sus consecuencias de anomia y otros fenómenos socio-patológicos,
  • los signos de un renacimiento indígena y de un proceso de reetnificación,
  • el descubrimiento contemporáneo, lento pero progresivo, de valores, ritos y símbolos religiosos andinos como «semillas del Verbo»,
  • el discurso de la nueva dirigencia andina a favor de un desarrollo con identidad andina.
los objetivos del IECTA se resumen en los siguientes:
  1. Desarrollar la comunidad andina, en términos de emancipación.
  2. Reforzar la conciencia de la identidad cultural como base y motor de un proceso de desarrollo emancipatorio, endógeno y de identidad andina.
  3. Apoyar la andinización de la educación pública y la universidad en zonas indígenas.
  4. Promover el proceso de andinización de la Iglesia y el culto en zonas indígenas.

La cultura y comunidades andinas fueron redescubiertas en las sociedades americanas y europeas en el marco de la corriente del indigenismo, y a la vez reprimidas con nuevos métodos y técnicas más humanas y sofisticadas en el marco de las políticas integracionistas de los países andinos.

RENACIMIENTO ANDINO
Contexto histórico del Renacimiento Andino

Los efectos negativos y los costos sociales de las políticas integracionistas para el desarrollo andino se hicieron sentir con fuerte impacto en la comunidad andina: el derrumbe de las antiguas estructuras sociales; el despoblamiento de grandes partes de la cordillera (especialmente en Chile); la emigración masiva y la acumulación de indígenas andinos en tugurios urbanos; y -por otra parte- una presión demográfica excesiva sobre tierras de ecología más delicada; y la introducción en el Ande de una tecnología agropecuaria occidental, devoradora de energía y agotadora de la ecología, que frecuentemente ha deteriorado las condiciones económicas de los más pobres y la calidad de sus tierras.

Sin embargo, otro efecto de este proceso fue la creciente conciencia mundial en Derechos Humanos frente a la tradicional discriminación cultural y racial en los países andinos. Al interior de los países andinos, existen reacciones y movimientos indígenas de lucha por sobrevivencia y de reetnificación. Ejemplos de estos son: en Bolivia el katarismo; en Ecuador la lucha por la tierra, dirigida por CONAIE; en Perú la recuperación de los «espacios perdidos», proyectada al campus universitario, al terreno de la religión y al ambiente del mercado.

En Chile se ha manifestado ya durante el régimen militar de Pinochet (1973-1989) un proceso de reetnificación con una clara toma de conciencia étnica a través de la aparición de organizaciones culturales y defensivas de los aymaras, con embajadas culturales independientes en Europa y especialmente con una presencia de perfil claro y discurso convincente en el 46º Congreso Internacional de Americanistas, Amsterdam, 1988.

Su fuerza: La religiosidad andina

En el ambiente eclesiástico se ha manifestado una coyuntura y un contexto favorable a la reetnificación del andino por medio de una corriente teológica y pastoral que persigue la «andinización», la «contextualización» y la «inculturación» del mensaje cristiano. Esta corriente busca reconocer, y hacer reconocer, los valores, ritos y símbolos religiosos andinos como «semillas del Verbo». La «andinización de la Iglesia» significa también la participación activa y protagónica de los andinos en el culto cristiano local sin tener que abandonar por ello su cultura e identidad andina, su idioma y su simbología religiosa.

A nivel social, esta teología y praxis pastoral llevan a la defensa de los Derechos Humanos: la defensa del derecho de su propia lengua y cultura en el culto, el derecho a sobrevivir como pueblo y el derecho a la tierra y a un territorio propio. Así es que ocurre en la Iglesia Católica y en varias Iglesias Evangélicas un primer descubrimiento de la cultura y espiritualidad andina. El IECTA se propone, a partir de una posición de intermediario, aportar lo suyo a este proceso de descubrimiento tardío de los valores religiosos andinos, fomentar el diálogo entre andino-cristianos e Iglesias y estimular los intentos de andinización e inculturación de su mensaje.

Francisco Titu Yupanqui

Francisco Titu Yupanqui nació en Copacabana presumiblemente entre los años 1540 y 1550. Descendiente del Inca Huayna Cápac, se le conoce principalmente por ser el escultor de la imagen de la Virgen de Copacabana y por los grandes contratiempos que padeció en la hechura de esta imagen que aún se venera en un gran santuario en la ribera boliviana del lago Titicaca.

Murió en 1608, un año después de haber ingresado como hermano de la Orden de San Agustín. Los datos biográficos que de él dejó fray Antonio de la Calancha, y principalmente, el relato de los hechos y padecimientos sufridos en la realización de esta imagen escrito por el mismo Francisco, nos traspasan su personalidad.

Francisco venía de una familia real del Inca convertida al cristianismo. Siendo el menor de cuatro hermanos, desde pequeño manejó el idioma castellano.
Según una investigación del historiador Edgar Valda, se le describe como a un muchachón extraño y arisco. Sus grandes ojos negros, almendrados, de pestañas rectas, se empequeñecían más bien para adquirir grandeza penetrante. No era alto ni delgado; en su rostro, los redondos pómulos tostados, la delgada y curva nariz y el bozo ralo, acentuaban su noble ascendencia incaica. De su juventud poco se sabe.

Su pueblo vivía un periodo de mala cosecha y fenómenos naturales adversos, lo que llevó a los habitantes de Copacabana a pensar en fundar alguna cofradía en honor a algún patrono para que intercediera y mejoraran las condiciones. El pueblo se dividía en dos grupos: los anansayas y los urinsayas, rivalidad que permaneció en la disyuntiva de elegir el nombre del patrono.

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